El lunes un estudiante me preguntó cuánto tiempo había tardado en diseñar una interfaz que le mostré como ejemplo. Le dije que dos semanas. Se rió. "Con IA lo hacés en cinco minutos."
Tenía razón. Y estaba equivocado.
La interfaz en cuestión la diseñé en 2019. Dos semanas de wireframes, iteraciones, callejones sin salida, conversaciones con el cliente, momentos de duda, una noche en que lo tiré todo y empecé de nuevo. El resultado final era simple. Demasiado simple, pensé en su momento. Pero funcionaba.
Hoy podría generar cincuenta variaciones en una tarde. Claude me daría opciones. v0 me daría más. Podría iterar sin fricción, sin el peso de la hoja en blanco, sin esa resistencia del lápiz que no sabe hacia dónde ir.
La pregunta es qué se pierde cuando se elimina esa resistencia.
El tiempo no es solo duración. Es también digestión. Las dos semanas de aquella interfaz no fueron dos semanas de producción. Fueron dos semanas de procesamiento. De dejar que el problema me habitara. De caminar por la calle pensando en otra cosa y de repente ver una esquina que me recordaba algo. De dormir mal porque la solución no llegaba y despertar con una idea que tampoco servía pero que abría otra puerta.
La máquina no digiere. Procesa. La diferencia es sutil pero fundamental.
Procesar es transformar input en output. Deglutir datos, regurgitar resultados. El LLM hace esto con elegancia brutal. Le das un brief, te devuelve cincuenta pantallas. Le das feedback, ajusta. El bucle es instantáneo. La iteración es infinita.
Digerir es otra cosa. Digerir implica que lo que entra te transforma mientras lo transformás. El problema se vuelve parte de vos antes de volverse solución. Hay una metabolización que lleva tiempo porque el tiempo es parte del proceso, no un obstáculo a eliminar.
Cuando comprimimos cinco días en tres horas, no estamos eliminando tiempo. Estamos redistribuyéndolo. El tiempo de investigación se concentra. El tiempo de ideación se acelera. El tiempo de prototipado se comprime. Pero el tiempo de digestión no desaparece. Se desplaza.
A veces se desplaza hacia adelante. El prototipo rápido permite testear antes, y el feedback real reemplaza la digestión solitaria. La iteración con usuarios es otra forma de procesar.
A veces se desplaza hacia atrás. El brief llega más masticado. El problema ya fue digerido por otros. Entramos al sprint con claridad que antes había que construir.
Pero a veces simplemente se pierde.
Y cuando se pierde, el resultado se nota. No en la forma. La forma puede ser impecable. Se nota en algo más difícil de nombrar. En una ausencia de peso. En una perfección que no resiste la segunda mirada.
El fantasma que hace mímica genera sin digerir. Replica patrones sin metabolizarlos. Por eso puede producir infinitamente. No hay transformación interna que lo detenga, no hay resistencia que lo frene, no hay duda que lo paralice.
Nosotros sí dudamos. Y la duda lleva tiempo.
La pregunta no es si podemos diseñar más rápido. Claramente podemos. La pregunta es qué tipo de tiempo estamos dispuestos a perder y cuál necesitamos preservar.
Hay un tiempo que es pura fricción burocrática. Esperar aprobaciones, buscar archivos, exportar formatos. Ese tiempo es ruido. Eliminarlo es ganancia neta.
Hay un tiempo que es resistencia productiva. La página en blanco que obliga a pensar antes de hacer. La limitación técnica que fuerza soluciones laterales. El error que revela algo que no estabas buscando. Ese tiempo no es obstáculo. Es material.
La velocidad nueva es real. Pero hay un tipo de tiempo que no se puede comprimir: el de estar con el problema sin producir nada. Caminar, dormir mal, pensar en otra cosa y de repente ver algo que conecta.
El fantasma no necesita ese tiempo. Nosotros tal vez sí.
El estudiante me preguntó después si valía la pena aprender a diseñar "a la antigua" cuando la IA podía hacerlo más rápido. Le dije que no sabía. Que probablemente no, si el objetivo era producir interfaces. Que probablemente sí, si el objetivo era entender qué significa diseñar.
No quedó satisfecho con la respuesta. Yo tampoco.
Pero noto que la pregunta me sigue dando vueltas tres días después. Y eso, supongo, es digestión.
